martes, 4 de agosto de 2009

Lo que despierto soñó que despierto hacía -parte III-

Absorto, esta otra vez sentado en un banco.
Este no es un banco inocente o sencillo, o tal vez apetecible.
No está al aire libre.
Está tristemente sentado, y con el cuello muy duro. Como si no lo hubiera movido en meses... años.
El mentón pegado al pecho, ya casi ni siquiera intenta levantar la cabeza. Levanta los parpados, y en todo lo que le permite su diseño físico, levanta tambíén los ojos.
Ve borrosamente unas personas. Estan sentadas todas (son tres) detrás de un mostrador, muy limpio, bien cuidado, de madera, evidentemente añejo y valioso. Esas tres personas estan bien vestidas y tienen sus manos apoyadas en ese mostrador.
Él no, el tiene sus manos detrás de su espalda, a la altura de la cintura. No se pregunta por qué tiene allí ubicadas sus manos, en posición tan poco cómoda, útil, y hasta tal vez, tan poco seductora.Está medio adormilado, de a ratos piensa, de a ratos no.
De a ratos se despabila, de a ratos no. Cada tanto levanta la vista e intenta prestar atención a esos tres personajes sentados allí delante.
Escucha palabras perdidas, sueltas, que ni siquiera le sirven de clave para colegir lo que está pasando.
Cree que pasan las horas, y permanece allí sentado. Le duele el trasero ya de permanecer en esa posición, y también le duelen los hombros, que ya casi se han entumido por permanecer en esa intrincada forma. Intenta poner sus brazos hacia delante.
No puede. Algo sujeta sus manos y las mantiene unidas allí detrás.Con el pasar de los minutos y las horas, comienza a recuperar sentidos.
Siente hambre, cansancio físico y por sobre toda otra sensación, cansancio mental. Escucha y reconoce voces, y puede ya hilar las frases que la persona sentada en el medio de esas tres en frente suyo dice.
Ese señor tiene hojas en su mano, las lee con rostro enjuto y seriedad inabordable, y cada tanto ubica al último la hoja que estaba en primer lugar.Está más lúcido, pero siempre vuelve a caer en el sopor.
Luego se rehace y escucha casi sin tener necesidad de hacerlo: “ ...condenar al acusado a reclusión perpetua bajo el cargo de homicidio simple... ” ... “tonterías”, piensa ... que le importa a él ese juicio, esa condena, ni siquera sabe a quien estan condenando, ni siquiera sabe que hace él allí, o quien lo trajo y lo sentó a escuchar eso.
Resuena un murmullo general, algunas voces destacan sobre otras. Alguien viene y lo insta a levantarse, son dos personas, una de cada lado, con su atuendo de policía correspondiente, y correspondiente también el rostro circunspecto e infinito de seriedad, ecuanimidad y objetividad que la sensación del deber cumplido les imprime.
Allí recién cae en la cuenta. Es su juicio, es su condena, y es su final para aquél problema que una vez desencadenó en una plaza, en una tarde, en una locura.Ni tiempo tiene de lamentarse, de pensar como llegó a ese punto, sin siquiera haber presenciado el juicio, o sin saber si tuvo defensa, o si la misma fue adecuada, que ya esta postrado en una especie de cama hecha de mampostería pura, sin siquiera colchón o frazada que lo cubra.
Tiene ganas de vomitar. Pensar en el resto de su vida de esa manera solamente hace que se refugie en el suicidio como única alternativa.
Llora, se atraganta, tose. Se duerme.
Entre sueños, o eso cree él, empieza a sentir sensación de lleno en su vejiga.
Es su primera noche en la cárcel, no sabe como ir al baño, ni donde está el baño. Sin levantarse empieza a llamar al guardia:
- Guardia!!! Guardia!!!
- Guardia!!! Guardia!!!
El guardia no viene.
Siente la sensación de querer ir al baño.
Tiene que ser urgente o va a estallar.
Sigue llamando al guardia, aunque esta vez más fuerte, casi a viva voz.
Es raro, pero se siente más cómodo, más mullido, debe ser que la carne se acostumbra al cemento.
Se yergue.
Levanta la cabeza, y vuelve a gritar:
- guardia!!!
- No grites, no grites. - le dicen.
Gira la cabeza... ve una cabellera rubia... despeinada.
- Estabas soñando – le dicen.

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