martes, 28 de julio de 2009

Púgil

A las seis de la mañana sonó el despertador.
Siempre lo hacía en ese horario, pero no porque tuviera que hacer algo en particular por la mañana, sino porque un suceso particular había guiado su inconciente y su costumbre hacia esa modalidad; la de despertarse temprano.
Ya era una persona grande, y vivía su adultez tan poco adultamente, tan con la cabeza en el pasado, en su niñez, que probablemente si alguien le preguntara su edad, respondería con una cifra varios números Diez menor al real.
Con el paso de los años se había transformado físicamente como corresponde. También lo había hecho intelectualmente, no es que no lo hubiera hecho, pero no podía apartar de su mente aquellos recuerdos, aquella locura sembrada en su cabeza que jamás podría cosechar, o que ningún temporal podría hechar a perder para al año siguiente empezar de nuevo con otra siembra.
No había sido decisión propia, sino que más bien él pensaba siempre en esa frase que los que saben repiten y repiten “los primeros años de la educación en la familia son fundamentales en el desarrollo y formación de la personalidad del niño”, o algo así... él no era un estudioso ni un sabio como para completar oraciones así de largas o hechar pensamientos intelectuales de ese nivel.
Él solamente lo había escuchado y le había parecido bastante bien, y como le habia parecido bstante bien, lo recordó, lo guardó, y lo atesoró como el talismán que salva a uno de la peor catástrofe, de la peor desventura, o de la más trágica muerte.
Cuando se entiende que hay una salida, el problema se vuelve menos grave, y el no había encontrado una salida, había encontrado una frase, y con eso ya le era suficiente, y si no lo fuera, por lo menos era mejor que nada.
A veces se daba ánimo pensando cosas como “no es para menos” o “no a cualquiera le pasan estas cosas”... pero en los momentos de bravía desilusión con la vida, no había pensamiento suficiente para darse ánimo. La gente le daba ánimo, lo aclamaba, lo alzaba en sus hombros, pero eso no lo hacía sentirse sano, él solamente quería con los pies en la tierra, ser libre de esos pensamientos, quería que aquello no hubiera sucedido... no sabía con quien agarrársela, a quien echarle la culpa, o a quien utilizar como chivo expiatorio.
Eso en parte era bueno, porque no hay que distribuir culpas, pensaba, sino asumir las propias y desde allí juntar fuerza para combatir incansablemente. Aunque le dolía tener que utilizarse a si mismo como chivo expiatorio, darse tan duro, no tenerse piedad... y sobre todo casi convencido de que nada tenia que ver con su responsabilidad. Impune el culpable, juzgado el inocente... era casi aritmético... una ecuación lógica.
Terminó de sonar el despertador y empezó a hacerlo el teléfono, sin solución de continuidad, a tal punto, que confundió el uno con el otro, hasta darse cuenta de ello no por la diferencia de los timbres, sino por el compás distinto de cada uno de ellos.
- Púgil? – se escuchó del otro lado de la línea- Púgil? Te toca hoy a las 10. Estas preparado, no? – insistieron en preguntar sin que él haya siquiera articulado un “hola?”.
- Preparado? – respondió sin preguntar quien le hablaba, cosa que era obvia a esa altura – Preparado? Alguna vez estuve preparado?
- Ja ja... bueno, no importa, era una pregunta al vuelo, no era para que te lo tomes tan a pecho, che. Vos siempre con tus historietas de los sentimientos y esas cosas raras.
El púgil hechó uno de esos suspiros casi risa que quieren decir “vos si que no entendés nada”.
- Vos si que no entendés nada – dijo – pero no importa, tampoco lo esperaba, digamos que si, si, estoy preparado.
- Bueno Figura, a las 10 entonces – el interlocutor colgó el teléfono -.

El Púgil también colgó y de trató acordarse en que estaba pensado antes de que sonara el teléfono, o el despertador, o las dos cosas, y por un instante de felicidad no pudo hacerlo, hasta que su historia y su pasado le cayeron sobre la cabeza como un ladrillo arrojado desde un vigésimo piso, tanto que cuando se acordó encogió su cuerpo como si le hubiera dolido de golpe.
Sin siquiera pensarlo se puso de espaldas al espejo del baño y se miró la espalda torciendo el cuello todo lo que podía. Estaba sana, impecable, ni una marca, ni un rayón, ni la más mínima presencia de violencia ejecutada.
Y el resto de su cuerpo? Impoluto también... Je, había pasado el tiempo evidentemente... las únicas marcas que no se le iban eran las de la cabeza. Pero no del cuero cabelludo, sino las de adentro, los estigmas, los recuerdos, las sensaciones de dolor, de dolor físico provocado por quien más debería resguardar a alguien del dolor, tanto del físico como del otro. Queda dolor físico hoy? No. Queda dolor en los sentimientos hoy? Si. Como preferiría él cambiar el uno por el otro, cuanto prefería el dolor físico al sentimental. Pero le había tocado en suerte el segundo y tenía que lucharla.
Era domingo y esa noche le tocaba. Realizaría entonces la misma rutina que llevaba a cabo esos días, que por alguna casualidad, era la misma que los días que no eran domingo, o que los días en que no le tocaba, o directamente, que cualquier otro día, cualquier otro maldito día.
Se vistió. Jean azul, remera blanca ceñida, sin dibujos, sencilla. Zapatos negros casi sin brillo. Pelo corto, negro, peinado a la gomina hacia atrás, siempre hacia atrás, como él, siempre hacia atrás. Cuando empezaba a caminar las mangas de la remera se iban subiendo de a poco y dejaban ver los bíceps bien marcados. Las mujeres lo miraban con mucho disimulo cuando lo cruzaban por la calle, pero lo miraban. Ël lo sabía. También sabía que en algún punto era atractivo, seguramente por su físico, y además por su estilo. Aquél estilo del tipo que es atractivo con la sencillez, y no se disfraza o es estridente para serlo, porque no es lo mismo llamar la atención que ser atractivo, aunque suela a veces confundirse, no es lo mismo.
Fue al supermercado. Cargó el changuito con algunas cosas. No tenía problemas de dinero, pero compraba siempre lo justo, lo que realmente necesitaba, y no compraba nada más. Rara vez se tentaba con las ofertas del supermercado. Siempre compraba frutas, algunas cosas dulces, pan, leche. Llevaba una dieta bstante sana, dentro de todo.

De pronto, se hace pequeño. Vuelve a ser un niño y está arrinconado en su cuarto absolutamente oscuro, con la poca luz que deja entrar la ventana de la pared izquierda. Oye gritos de hombre, como imponiéndose, retando a alguien, haciendo saber su supremacía escrita como una ley, grabada a fuego en un mandato cultural para su opinión ridículo. También escucha una voz de mujer bañada en llanto, que cada tanto se hace más estridente y de a momentos amengua. Pero nunca desaparece. Se oyen como unos ruidos, unos chasquidos, que no sabe que son, no los puede identificar como golpes, y como no los ve, no puede dar con el origen de los mismos.
Sí sabe que todo eso esta pasando en la habitación de sus padres, de su mamá y de su papá. La voz de su papá es inconfundible, por lo cual no hay lugar a dudas, no se trata de que hay intrusos... son ellos dos. Lo que no sabe en ese momento, es que eso esta sucediéndo en la habitación de sus padres, pero también esta sucediendo en pleno supermercado, justo cuando estaba por poner una botella de gaseosa en el changuito. Los gritos masculinos se callan. Los alaridos femeninos son reemplazados por algunos quejidos en voz baja que se sienten más como vibración por estar acurrucado contra la pared lindera a la habitación grande, que por la transmisión auditiva en sí misma.
Todavía con la botella de gaseosa en la mano, se levanta del rincón imaginario y corre hacia la habitación desde donde provienen los gritos. La puerta esta entornada y ve dos figuras oscuras, una imponiéndose a la otra en cuanto a la ubicación física de ambas. Una parada, un poco inclinada hacia adelante, en tono imperativo, en función de ataque, en relación de dominante, en sensación de triunfo, y otra aplacada, achicada, retraída, de bruces, llorando, femenina. La figura alta golpea repetidamente sobre la achicada, que se conmueve con cada golpe, con cada golpe que es aplicado con tanta rudeza que pareciera estar avisado que va a ser el último.
Reconoce a su padre y a su madre, y la vista se clava en la escena, atónito él, así como se clava para siempre en su mente esa imagen, a tal punto, que algunas décadas despues, en medio de un supermercado, y sin darse cuenta que hay señoras enojadas que le piden permiso de mala manera porque no las deja llegar al agua mineral, la está recordando.
Todavía con la botella en la mano, vuelve corriendo a su cuarto, a enrollarse en el rincón más oscuro de su vida, de su cuarto, de su infancia. Pero en el camino se tropieza y se cae. Entonces la puerta del cuarto de mamá y papá atrona y aparece su padre en el pasillo. Ve la misma figura que vio hace segundos, pero ahora aplicada sobre él, y embistiéndo con furia sobre su cuerpo pequeño y poco desarrolado que como puede trata de arrastrarse hacia atrás, en instintivo recurso de amparo y en evidente movimiento de defensa.
Sus ojos estaban abiertos, pero se abren de vuelta, y deja caer sin querer la botella de vidrio que tenía en la mano. Las señoras del agua mineral lo miran feo, mucha gente se da vuelta respondiendo al estímulo sonoro del vidrio roto.
Trémulas sus manos recogen otra botella y la depositan en el changuito. Sus ojos recorren los vidrios rotos y el charco de líquido de laboratorio que se dispersa por las ranuras de las cerámicas del piso. Cuanto tiempo permaneció en ese estado se semi inconciencia? No lo sabe con exactitud, pero cuando sale del super lo primero que hace es preguntar la hora, y le responden: “son las seis de la tarde”. “Mierda”, pensó él.
Acomodó en su casa todo lo que compró en el supermercado. Miró el reloj de pared negro del living y vio que marcaba las siete y media. No se cambió, sino que salió. Simplemente salió.
Caminó unas diez cuadras. Dobló en la esquina a la derecha, anduvo unos veinte metros y vio a quien esparaba ver.

- Púgil! Le dijo la figura todavía oscura pero descifrable, absolutamente descifrable.
Eran las ocho y media y las peleas anteriores habían finalizado rápido. La más larga había durado tres rounds. No sabía quien demonios las organizaba, pero seguramente no tenía ni la más mínima idea de cómo se hacía.
Se dirigó a su camarín. Austero como su persona, pero para sus ojos atractivo por lo sencillo. Tenía todo lo que necesitaba. Su ropa de boxeador... y nada más.
- Púgil! - La figura harto conocida abrió la puerta sin golpear y le dijo: - Preparate que salís... ya estan anunciando el combate.
“Anunciando el combate”, pensó él... “que soberana estupidez, por Dios”.

En fin... salió caminando vestido de boxeador y se dirigó hacia el ring. Mucha gente lo ovacionó, le tiró prendas, objetos, cosas que eran evidentemente significativas para quien las arrojaba. Algunas él ni las veía, caían muy lejos de él. Otras le rebotaban en el cuerpo, en las piernas, en el torso desnudo, o directamente en la cara, pero no les prestaba atención.

Se subió al cuadrilátero y cada uno de los participantes siguió la habitual rutina hasta que se escuchara el campanazo que anunciaba el comienzo de la pelea.
Ël no escuchaba nada realmente, estaba en su propio mundo, las personas se movían normalmente, pero él las veía en cámara lenta, y no escuhaba nada, hasta que el campanazo lo levantó del sopor y lo trajo a la realidad.
Las cosas transcurrieron normalmente, recibió golpes y dio golpes, sintió dolor, e hizo sentir dolor.
Pero en el cuarto round, en medio del ring, se paralizó. Escuchó repentinamente gritos masculinos como imponiéndose, retando a alguien, haciendo saber su supremacía escrita como una ley, grabada a fuego en un mandato cultural para su opinión ridículo. Entonces retrocede y se acurruca en un rincón del ring tapándose la cara con los guantes, mientras su contrincante lo mira con cara de asombro, o con esa cara con que se mira mientras algo que no tiene mucha explicación aparente sucede.
Su contrincante no era un hombre de muchas luces, de hecho, sus amigos le decían “el apagado”. No supo que hacer en ese momento, y como siempre, ante la duda, la mejor decisión son los golpes.
Se acercó con decisión al Púgil, y comenzó a darle una andanada de golpes, uno tras otro, ni más fuerte ni más despacio uno que otro, sino simplemente uno tras otro. La figura del Púgil aplacada, achicada, retraída, de bruces, llorando, femenina.
De golpe, deja de tapar su cara con los guantes y levanta la cabeza para ver a quien lo golpea, y al verlo, no ve otra cosa que a su padre enfurecido como un león azotándole golpes a mansalva y sin discreción, como quien hace algo sin importancia, o sin medir la consecuencias de sus actos.
Entonces se levanta y en un solo movimiento comienza a castigar a su oponente tan fuerte, tan duro, y con tanto sabor a revancha, que con solo aplicarle tres o cuatro puñetazos, este cae al piso en verdadero estado de inconciencia, dando duro su cabeza contra la lona del ring.
La pelea finaliza, pero Su pelea, su eterna pelea interna, continúa y continuará para siempre, porque como antes él mismo pensó, cuanto prefiere el dolor físico al dolor sentimental, con que facilidad lo cambiaría, lo trocaría...

A su alrededor hay un puñado de gente insignificante que lo felicita, le levanta el brazo y se lo extiende hacia arriba como diciéndole que es El Ganador.

Y efectivamente es asi, ahora es El Campeón del Mundo de Box, pero eso no le impide acercarse a su rival todavía tendido en el suelo y abrazarlo con real cariño, sabiendo que este ha recibido golpes que no merecía, nacidos de impulsos insanos que ojalá no vuelvan a aparecer, no vuelvan a acometerlo, o si lo acometen, ojala que no se deje dominar por ellos.
Es lo mismo, hizo lo mismo, hizo lo mismo con este tipo que lo que había hecho su padre con él, y entonces él mismo se da asco por eso, se repugna... y no sabe que hacer, para donde disparar.

Pero justo en ese momento se acerca la figura de siempre y le dice:
- Púgil! Púgil! En que estas pensando? Esto es un deporte... UN DEPORTE!

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