Inocente, se despertó como le sucedía cada noche, cerca de las cinco de la mañana para ir al baño. Se arropó, se orientó hacia la mesa de luz, prendió la lucecita del despertador, sosegado, esperando confirmar que eran las cinco, o como mucho las cinco y cuarto si su fisiológica función de eliminar líquido en esta ocasión había demandado unos minutos más.Nadie respiraba cerca suyo. Raro, ya que estaba casado felizmente hacía más de cuatro años. Torpe, tanteó con su mano aún inhábil por lo dormida en la parte superior del respaldo de la cama, donde hacía algún tiempo había adaptado un pequeño interruptor negro para dar luz al cuarto. No lo encontró con facilidad, hubo de darse vuelta completamente para hacerlo.
En el camino de la acción, sintió pegajosa fetidez al apoyar su otra mano en el colchón.
Nada que le fuera significante a esa hora, en realidad.Prendió la luz, miró ya un tanto más coherente la hora, y no pudo más que sorprenderse.
No eran las cinco de la mañana, y menos aún las cinco y cuarto. Eran recién las dos y media. Frunció el seño, se excusó torvo a si mismo pensando que hombres más inteligentes que él se habían equivocado más groseramente, y en cosas mucho más importantes o definitorias.
Así él se consoló.Volteó su cabeza, su cuello no resonó como lo hace un cuello cuando ha estado por largo tiempo en la misma posición y luego se pretende girarlo bruscamente, sino que pareció aceitado, precalentado, engrasado. Vió a su esposa, vió esa cabellera rubia que solo a él le pertenecía. La vió desprolija pero perfecta, impoluta, hasta parecía que ni siquiera ella necesitaba inflar su pecho para respirar.
Miró su pecho, e impávido vio un puñal clavado en el mismo, un puñal que seguramente tenía sus huellas, y que evidentemente significaba para él un problema.
En el camino de la acción, sintió pegajosa fetidez al apoyar su otra mano en el colchón.
Nada que le fuera significante a esa hora, en realidad.Prendió la luz, miró ya un tanto más coherente la hora, y no pudo más que sorprenderse.
No eran las cinco de la mañana, y menos aún las cinco y cuarto. Eran recién las dos y media. Frunció el seño, se excusó torvo a si mismo pensando que hombres más inteligentes que él se habían equivocado más groseramente, y en cosas mucho más importantes o definitorias.
Así él se consoló.Volteó su cabeza, su cuello no resonó como lo hace un cuello cuando ha estado por largo tiempo en la misma posición y luego se pretende girarlo bruscamente, sino que pareció aceitado, precalentado, engrasado. Vió a su esposa, vió esa cabellera rubia que solo a él le pertenecía. La vió desprolija pero perfecta, impoluta, hasta parecía que ni siquiera ella necesitaba inflar su pecho para respirar.
Miró su pecho, e impávido vio un puñal clavado en el mismo, un puñal que seguramente tenía sus huellas, y que evidentemente significaba para él un problema.
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